LO QUE PERDURA ENTRE CANDILEJAS |
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Una sigilosa intromisión al espectáculo nuestro de cada día
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El teatro decidió estrenar su mejor traje de fantasía y regalarle a la ciudad concepciones tan mágicas como las que siguen. Ver galería de fotos.
Por Norma Dumas
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EL DESCHAVE MUSICAL DE “ CARAVAN”
En ese enigmático y truculento club de los 40, la vida, la muerte y la música formaban una trilogía tan palpitante que –predestinadamente- no podía dejar de deslumbrar a alguien con los energéticos y proverbiales genes de Diego Romay.
El resultado, dilucidado como corresponde en el voluptuoso Teatro Nacional, fue una transición espectacular donde una sinuosa realidad se abrazó a la ficción para que la historia se pudiera acoplar impunemente a la historieta.
Un elenco sin fisuras –una ventaja nada descartable- se ocupó de establecer el requerido histrionismo, sabiendo que Dios, la música y la inefabilidad de cada espectador pondrían lo demás.
Sandra Guida, Rodolfo Valss, Nicolás Armengol, Ivanna Rossi,Gustavo Monje, Rubén Roberts y todos los demás, se adhirieron denodadamente a esta rutilante orgía musical y anímica porque, después de todo, nada de lo que la vida acepta es ajeno a la vida.
Omar Pacheco asumió la estrategia escénica con inusitado brillo, presintiendo que en materia de espectáculo, el artificio es parte inalienable del oficio.
Caravan, el enigmático club donde la virtud se divertía transando con el pecado abrió sus puertas en la calle Corrientes y todo el que tenga el alma adosada al ritmo está autorizado para visitarlo.
¿QUIEN LE TEME AL JOVEN FRANKENSTEIN?
Como estaba escrito -no en las sagradas escrituras sino en el peculiar registro de la vida- el estreno de “El Joven Frankenstein” traspuso las barreras del sonido y se convirtió en un acontecimiento vociferante y multitudinario.
Media humanidad atiborró la sala del Astral hasta el punto de que ciertos prestigiosos periodistas se sintieron de algún modo descolocados hasta que la calidez, la solvencia, la buena voluntad y el rigor profesional de Pablito Wolfman –un convocador sin complejos existenciales- fue re-estableciendo el buen ánimo y la paz.
Este suculento impacto musical de Mel Brooks, inspirado en el ritual cinematográfico de Gene Wilder, atesoró despliegue, virtuosismo y fruición escénica , sin esquivar ninguno de los insondables requisitos de la espectacularidad.
Un staff de indiscutibles malabaristas del éxito (entre otros Gerardo Gardelín, Alberto Negrín, Fabían Luca, Elizabeth de Chapeaurouge y hasta la substanciosa versatilidad de Enrique Pinti) se asociaron a la proverbialmente proyectiva batuta de Ricky Pashkus para que este Joven Frankenstein no perdiera su vigor y su enigmática porción de eternidad en el azaroso camino de la vida.
Guillermo Francella despilfarrando sus congruentes atributo de popularidad y mediatismo se convirtió en Frankenstein sin desligarse del todo de los resabios finiseculares de Francella.
Omar Calicchio - un monstruo con un superavit de ternura- traspasó la candilejas , mientras Laura Oliva, Pablo Sultani, Rosana Laudani, Carolina Pampillo , Jorge Priano y el resto del elenco respondían con soltura y entusiasmo a la psicología de sus respectivos personajes.
En rigor de verdad , esta producción del energético duetto Pablo Kompel –Guillermo Francella logró producir un espectáculo como Dios- a veces- manda, o sea, munido de su correspondiente y gratificante espectacularidad.
LA PAZ SE FUMA EN PIPA
Es indudable que Alicia Muñoz cree abiertamente y sin reservas que el teatro sigue siendo el más inexorable espejo de la vida , hipótesis que, por otra parte, nadie podría negar sin pecar de indiferente o distraída.
Su obra “La pipa de la paz” se urde consecuentemente en el mundo y submundo de las vivencias humanas y explora virtual y sensiblemente el mundo y submundo de la relación familiar.
Mabel Manzotti y Carlos Portaluppi - madre e hijo en la trama ficcionesca- aportan con creces el requerido embalaje de sensibilidad y autenticismo, capaz de convertir a cada espectador en un entregado y representativo confidente.
El malabarismo escénico de Guillermo Ghio se ajusta decorosamente a las peculiares instancias psicológicas delineadas por la autora, literalmente adherida al virtual silogismo de que en la humanidad, cada hogar es un mundo.
En el intimista reducto del “ Maipo Club “esta inefable “pipa de la paz “ se fuma de jueves a domingos, como una ceremonia simbolista entretejida entre el teatro y la vida.
LA VUELTA DE MARAT-SADE
En un substancioso alarde de rigor y extravío, Peter Weiss se introdujo en la maraña del tiempo para producir y hasta quizás predecir las instancias furtivas del asesinato de Jean Paul Marat y la idiosincrasia pretendidamente burguesa de la revolución francesa.
En la sala Martín Coronado del teatro San Martín mágicamente transformada en un reducto de alienados, se registra la palpitante seducción que ejerce la fantasía sobre la historia o el voluptuoso enajenamiento que, predestinadamente, entrevera a la historia con la fantasía.
Una puesta alucinante y heroicamente confinada entre el rigor y el delirio, conecta al espectador con los subterfugios de la trama y lo transforma en un encandilado testigo de la insurgente magia teatral.
Villanueva Cosse pacta con sus propios fueros creativos creando y recreando, a puro mimetismo, todas las instancias consignada en la obra.
Lorenzo Quinteros, Malena Solda, Agustín Rittano, Santiago Ríos y el entregado y entusiasta resto del elenco contribuye con innegable histrionismo a este enfrentamiento de la existencia con su propio archivo de fantasmas augustamente diseminados en el tiempo.
Definitivamente, una opción imperdible en este fulgurante outlet escénico de la actualidad.
PINOCHO NUNCA MUERE
Solo apta para criaturas de 4 a 90 años, esta versión de Luis Rivera López sobre la casi mítica novela de Collodi, renueva con pujanza y brío todas las instancias que la hicieron irreversiblemente famosa.
Sensible e inspiradamente pergeñada, vuelve a aterrizar entre candilejas con sus prolegómenos intactos y sus persistentes resabios de magia pululando en la esfera nostalgiosa del recuerdo y de la vida.
Jorge Rivera López compone un Gepetto artesanalmente estructurado, que se conmueve conmoviendo y cabalga sobre la emoción con una astringente mezcla de inocencia y de frescura.
Diego Suarez es un “ Pinocho “ concebido tal como la imaginación del mundo lo requiere, emotivamente acompañado por Mónica Felippa en los pliegues de su “ hada azul “ y el encantamiento que Diego Ferrari o (“Tragafuegos”) desparrama con sus títeres.
Con dirección general de Luis Rivera López y Sergio Rower, este espectáculo se identifica en el Paseo La Plaza con todo lo que la imaginación provee para lograr que la capacidad de asombro nunca sea desterrada de este mudo.
Y ABANDONAMOS POR UN TIEMPO ESTA PEREGRINACIÓN ESCÉNICA, HASTA UN NUEVO ENFRENTAMIENTO CON LA PARTE FUNAMBULESCA DE LA CITY.
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