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VARIETE EN BUENOS AIRES

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¡¡¡Espectaculosis!!!

Todo lo que brilla en el mundo y se oculta en el sub-mundo de las subyugantes candilejas.

Por Norma Dumas


Eternamente atacada por el alucinante virus del espectáculo, Buenos Aires sigue transformada en el mejor escaparate de la espectacularidad. El teatro que es parte de su cultura y de su religión, ocupa sus calles. su corazón y su espíritu, como un modo de contrarrestar algunas de las deficiencias de su azarosa vida. Un muestrario de opciones podría configurase así:

EL BOOM “CAPERUCITA”.

Con el lobo resguardado en un subrepticio alegorismo, esta maquinación escénica de Javier Daulte registra inspiradamente todo el candor y toda la ferocidad que la existencia acumula -sin reparos- para demostrar toda su insondable versatilidad.

Ajustado a una impecable ética ambiental y a una estética literaria que no reniega de ese misterioso y legendario “había una vez…”, Daulte propicia el enigma, sabiendo que en el mundo la producción de caperucitas y de lobos es eterna y fatal.

Con una sugestiva complicidad con la fantasía - que nunca pudo librarse de su porción de realidad- esta obra le adosa una creatividad extra a cualquier formal reminiscencia y se transforma en un juego escénico vibrante y proyectivo.

También es vibrante y proyectiva la composición de cada personaje y la pujanza anímica que despilfarran en el escenario Valeria Bertuccelli, Héctor Díaz, Alejandra Flechner y una inspirada Verónica Llinás.

En el filosofismo racional o subrepticiamente irracional de este mundo el lobo no tiene por qué engendrar un amor feroz, pero es casi seguro que un amor feroz siempre termina por engendrar un lobo.

Javier Daulte nos tiene acostumbrados a un ejercicio exhaustivo de la imaginería y en el caso de esta “Caperucita” se expone a sustentar que ningún absurdo es tan absurdo como pretenden las obsoletas y soporíferas prédicas del sentido común…..providencialmente, el menos común de los sentidos.

En el “Multiteatro “, de Miércoles a Domingos, pernocta una resucitada Caperucita, con su abuela-lobo con su lobo-abuela y con la liturgia literaria de reconocerse la gran sobreviviente de sí misma.

“RAÍCES” EN EL “REGINA TSU”

Detractor consuetudinario de cualquier forma de desarraigo, Arnold Wesker inserta en “Raíces” su proverbial y substanciosa definición de vida.

En ese núcleo familiar absorto en sus propios límites y al margen de sus propias limitaciones, cualquier intento de renovación mental o espiritual muere sin haber logrado concretarse.

Wesker le adosa a su trama el patetismo de la indiferencia, del desapego y de la insolvencia intelectual en los que, cualquier proyecto de redención , muere de inanición en el camino.

La decepción es el lógico desenlace previsto para ese eterno y legendario aforismo de predicar en el desierto.

El “clan” actoral decorosamente conformado por Marta Bianchi, Melina Petriella, Mercedes Scapola, Julieta Vallina, Mario Labarden, Pablo Rinaldi, Leandro Castello, Alejandro Ojeda e Ignacio Rodríguez de Anca, enfrenta con recursos propios el alegórico metabolismo de la obra y consigue equiparar realismo e histrionismo con las mismas estimulantes dimensiones.

Luciano Suardi recrea la trama con una estrategia escénica inspirada y proyectiva, displicentemente ajena a la proverbial y consumada resistencia de Arnold Wesker a aceptar cualquier ocasional dirección que no fuese la propia.

De una manera alegórica, como rige en las sagradas escrituras y Wesker ustenta filosóficamente, al ser humano debe dársele alas…pero antes raíces.

LAS MOTIVACIONES DE “SOLAS, NO MÁS”

La soledad y sus seculares pretextos íntimos, se inserta en la vida humana sin más explicaciones que una ritual y desnaturalizada jugarreta del destino.

Javier Daulte, Jorge Acebo y Matías Herrera filigranaron una postura escénica mordaz, insinuante, ritual y divertida , ubicando sideralmente a la soledad entre el patetismo y la ironía.

En su inexorable cualidad de “solas”, deambulan orondamente por el escenario Florencia Noverasco, Natalia Pascale, Mariela Rodríguez, Magali Romero, Gisela Sabatella y Matías Herrera, entusiastamente entregados a la desopilante estrategia de Jorge Acebo.

Es obvio que en este sofisticado versionismo sobre la soledad, sus pompas y sus obras, cualquier semejanza con la realidad no es en absoluto una coincidencia.

En el respetable y respetuoso recinto del “Andamio 90”, “Solas... no más” se registra como un espectáculo imperdible y sutilmente aleccionador, porque como dijo “Filócrates” -un filósofo que en cualquier momento puede nacer- “la soledad es una cosa maravillosa…..pero no cuando uno está solo”.

PRESENCIAS QUE DEJAN HUELLAS

a) Ricardo Montaner que con su genio y la solvencia convocadora de Anita Tomaselli y su equipo, atiborró el “Luna Park” de entusiasmo y proyección.

b) Mecha Anzoátegui que, en los intimistas retablos de “ Clasica y Moderna “ y “ La Biblioteca Café”, le roba al tango su emblematismo cantadamente universal.

c) Juan Carlos Calabró, que diseminó entre las candilejas del “Multiteatro “ su fulgurante cuerda histriónica de 50 años.

d) Marcela Suez, que se intercepta radiantemente con la esencia del flamenco en “Mediterranea “, el finisecular reducto inserto al 3300 de la calle Tucumán.

e) Norman Briski , que desparrama su agudeza, su genio y su ingenio en “ Cuentos para el Coco “ un artificio de narraciones brillantemente exhumadas en el “Caliban” (México 1428 ), con el concurso de Eliana Wasserman en una procesión de subyugantes personajes.

Y PASAMOS A LA ETERNIDAD DE OTRO MOMENTO SIEMPRE INSPIRADOS EN LA FUNAMBULESCA REALIDAD DE QUE EL ESPECTÁCULO NUNCA MUERE.

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